Los ciudadanos piden que las organizaciones culturales, desde nuestros servicios, abordemos la tecnología, la ecología, la educación, la solidaridad, la democracia…, a través de servicios, que interrelacionen la tecnología y la cultura. Que hagamos que la educación sea más que información: o sea, sendero personal y ciudadano. Piden que transformemos la moda de la solidaridad internacional en otra manera de vivir internacionalmente: con un consumo crítico en el norte y un desarrollo no forzosamente capitalista salvaje, en el sur. Piden que casemos democracia con cultura u opción de ciudad y gobierno de ciudad… Y piden que lo hagamos a través de servicios centrados en la tierra, a través del conocimiento de músicas y rituales de vida de otras ciudades, facilitando el uso cultural de la ciudad a los que están en procesos de educación, el debate de estilos de comunicación, de vecindad, de trabajo… Y piden que estos servicios, esta manera de trabajar, esté en la red de barrios de una ciudad, en la red de ciudades de un país y en la red de ciudades internacionales. Lo local importa, es el humus del territorio. Es la ciudad próxima. El espacio para la vida. Pero los ciudadanos saben –tal vez más que los políticos que no quieren saber- que las soluciones, hoy, son globales: son internacionales. La útil proposición/idea para el trabajo de pensar globalmente y trabajar localmente se ha invertido: lo importante, hoy, es pensar localmente qué se debe hacer, desde dónde, en dónde y cómo. Pero se debe actuar globalmente porque lo que se aborda –en cultura casi siempre- supera los límites urbanos de la ciudad: es atmósfera de sentido global, pero útil aquí. Para mí.
miércoles, 17 de enero de 2007
Toni Puig al habla (3)
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